jueves, diciembre 28, 2006

LA HUMILDAD...


La humildad :
En la cima de una montaña se elevaba un monasterio tibetano en el que residían buen número de novicios, monjes y lamas. Uno de los lamas jóvenes había obtenido un gran control psicosomático, conocía las técnicas más poderosas para dominar la respiración, las energías y la mente, y gustaba de llamar la atención de sus compañeros con su fabuloso autodominio. A menudo se jactaba de sus poderes mentales, energéticos y psicosomáticos, y en el colmo del engreimiento no se recataba al declarar que era el más avanzado mental y espiritualmente. Tal era su vanidad, que el joven lama no pudo por menos que retar al más anciano y venerable lama del monasterio a una competición de «tummo». Esta técnica yóguica estriba en elevar notablemente la temperatura del cuerpo mediante la puesta en práctica de sofisticadas técnicas del yoga basadas en el control respiratorio, el dominio sobre la mente y la sagaz manipulación de las energías. También se utilizan elaboradas visualizaciones místicas. Gracias a esta técnica hay yoguis y ascetas que sobreviven a bajísimas temperaturas, pero lo importante es que desarrollando estos métodos hay, asimismo, una transformación anímica de gran alcance.
El joven lama, cegado por la vanidad, no tenía inconveniente en llegar incluso a ridiculizar al anciano lama al que había desafiado para demostrar sus poderes. El anciano lama, que siempre había destacado por su genuina humildad, accedió al insólito reto, entre otras razones porque no quería desairar al joven. La prueba consistiría en secar sábanas elevando la temperatura del cuerpo. Vencería aquel que secase más sábanas húmedas en el tiempo prefijado.
El sol fue apareciendo tímidamente por el horizonte. Al amanecer, novicios, monjes y lamas llevaron a cabo los primeros oficios religiosos del día y la práctica meditacional. El canto del gallo se confundió con las salmodias envolventes de los lamas. Después de la ceremonia, todos partieron hacia el lugar que se había escogido para la competición. El sol había ido lentamente trepando por el cielo, pero era un día frío de invierno, aunque espléndidamente luminoso. Los dos lamas se sentaron erguidos como postes y entraron en profunda meditación. Dio comienzo la competición. ¿Quién secaría más sábanas? Todos estaban expectantes. Se hizo un silencio abismal. Ni siquiera los novicios más jóvenes se atrevían a quebrar el silencio. Pasaron los minutos y se consumió el tiempo dedicado a la prueba. El resultado no dejaba lugar a dudas sobre el vencedor. En tanto el lama anciano había secado una sábana, el arrogante joven lama había secado seis. ¿Os imagináis cuán henchido de orgullo se encontraba el petulante joven? Sin ningún pudor, comenzó a exclamar:
- ¡Qué enorme dominio he conseguido sobre mi mismo! He obtenido logros insuperables. En unos años he obtenido más poder que los lamas más sabios y respetados a lo largo de toda su vida.
Desde luego había demostrado un control psicosomático excepcional. Los más jóvenes estaban entusiasmados. Entonces el lama joven comenzó a ridiculizar al lama anciano sin la menor consideración. Dijo:
- Con la de años que llevas siendo un santurrón, ¿cómo has obtenido tan poco dominio sobre ti? Muy pocos logros son los tuyos. ¿De qué te ha servido seguir tan fielmente la Doctrina?
El venerable anciano no se inmutó. La sonrisa se reflejaba en sus labios y la ecuanimidad en su mirada. Con serenidad inquebrantable, dijo:
- Joven lama, no me extraña en absoluto que hayas vencido, claro que no. Lograrías secar todas las sábanas del mundo con el ego de tu soberbia. Yo no puedo secar ni la cuarta parte de sábanas que tú, desde luego, pero no me dejo dominar por la vanidad, que es uno de los más graves obstáculos en la senda hacia el Nirvana. Ten mucho cuidado, amigo, porque terminarás abrasándote en la hoguera de tu ego.
Todos estallaron en una sonora carcajada. Incluso los más jóvenes perdieron su entusiasmo por ese lama fatuo y que se extraviaba en las apariencias...